Una princesa sin castillo ni rey.
Que lloraba junto a su ventana el atardecer.
Mientras su cabello se anaranjeaba de luces y sombras.
Y sin pretextos, ni entrelineas escribió:
“No hay mayor pasión que la del sol”
A quien pudiera comprenderla.
Ya lo decía el cuento: “había una vez en un pueblo lejano”
Un muchacho tosco que escribió:
“Ofrendo mi corazón a la tierra y al deber
Sobre esta piedra declaré con sangre mi voluntad”
Y sin pretextos, ni entrelineas prosiguió:
“No hay mayor pasión que la del sol”
A quien pudiera comprender.

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