Ella, sonrisa, voluptuosa, divina. Su fragilidad, sus cornisas, sus tormentas, nuestros laberintos.
Le di a ella como a nadie antes el beneficio de ser un idiota. Nunca fui bueno en el difícil arte de maltratar maltratados. Deje que pinte con sus colores mi cuadro haciéndome creer que era yo el artista. Pero nunca le creí.
Ató mis manos, colocó su bomba y todo estalló.
Sus miedos, mi idiotez. Todo esta desparramado en la habitación. Sigue allí, soplando el polvo para que no pueda ver. Pero veo. Veo todo. Podría buscarla... pero la encontraría.
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